En las protestas de Wall Street vi de todo un poco. Vi niños, estudiantes y ancianos. Vi tanto artistas y escritoras, como peluqueras y vendedores de carros. Hay empleados y desempleados, veteranos de guerra y pacifistas. Vi tanta gente excéntrica como gente común y corriente, tranquila, sosteniendo sus letreros y conversando entre vecinos.

Pero lo que más me impresiona de las protestas de Occupy Wall Street es la dedicación. Conocí gente que lleva acampando hasta dos meses en el Parque Zuccotti, a unas cuadras de Wall Street, conviviendo en el frío, la lluvia y el calor – y ahora, la nieve. Al contrario de lo que los medios pintan, Occupy Wall Street es una protesta organizada. Conocí gente que, como voluntarios, cuidan las flores del parque, barren y recogen la basura colectiva de sus colegas y compañeros de cuarto. Tienen una sección de prensa en inglés y otra en español, y una cocina donde la comida es gratis. La mayoría de la actividad allí es diálogo inteligente entre personas que quieren provocar cambio, pero que hasta ahora no podían hacerlo en las maneras tradicionales. Así, los medios ignoran o ridiculizan el movimiento bajo su propio riesgo.

Esta es gente desconectada de sus líderes políticos, que se siente victima de una gran estafa financiera y ve las protestas como una forma de tomar el control de su vida. Es gente que está desesperada, muchas veces desempleada, y reconoce que este es el comienzo de una etapa histórica. Este es un despertar que comienza con la Primavera Árabe, continua con los Indignados españoles y persevera aún en las carpas de Occupy Wall Street.

Este último es síntoma de un fenómeno que lleva fermentándose varios años. La crisis financiera del 2008 fue producto de años de desregulación financiera y de impuestos cada vez más bajos para los multimillonarios, entre otras cosas. Los culpables de llevar al mundo al borde del colapso continúan disfrutando ingresos astronómicos, regalándose bonos millonarios – el 1% al que se refieren los manifestantes. Al mismo tiempo, los pobres son cada vez más pobres y la tasa de desempleo actual no se ve desde la Gran Depresión.

Todo eso lo sabemos, sí, pero pareciera que no lo sintiéramos. No sentimos la indignación necesaria. No nos duele que el otro lado inevitable de esa ecuación sea desigualdad propia de una republica bananera. Tal vez ahora nos empiece a doler cuando nos demos cuenta que esta misma desigualdad es lo que está atrofiando el crecimiento de una de las economías más robustas del planeta.

Lo que hay que admirar e imitar en Occupy Wall Street es la valentía. Esta gente no son miembros de la prensa corporativa, ni del Congreso americano, ni tienen millones para acabar la pobreza del mundo. Pero son los que están logrando que por primera vez en mucho tiempo la prensa y las campañas presidenciales del 2012 hablen de corrupción político-corporativa, de desigualdad y de los profundos desbalances de poder en el mundo. Es un movimiento que está estableciendo nuevos términos para un nuevo siglo. Como dice Douglas Rushkoff de CNN: “Occupy Wall Street no es un libro: es el Internet.” Los medios que no entienden esto lo hacen porque siguen reportando desde el siglo pasado, y no deberían sorprenderse si sus audiencias pronto los encuentran obsoletos.

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